A Javier lo conocí en una fiesta de una amiga en común (sí, antes que llegará la pandemia a nuestras vidas) y nada, intercambiamos teléfonos y salimos varias veces. La verdad es que él siempre fue muy, muy detallista conmigo, pagaba todo a los lugares que íbamos.

Debo confesar que eso no era algo que me hiciera sentir bien al cien por ciento, porque literal él no me dejaba pagar nada y yo siempre trataba de “cooperar” con el total de la cuenta. No siempre, pero cuando lo hacía él nunca me recibía ni un peso. 

Después de un tiempo nos hicimos novios y ¡wow! Derramábamos miel por todos lados, éramos la pareja perfecta, nos gustaba mucho ir a lugares que casi nadie visitaba, si tocaba playa elegíamos la menos concurrida, que si era restaurante preferíamos el menos popular para que nada ni nadie nos interrumpiera.

En fin, todo estaba bien hasta que un día Javier me propuso irnos a vivir juntos ¡sí! ¡A – vi-vir jun-tos! Yo lo pensé mucho tiempo, pero al final acepté.

Friends moving

Buscando el nidito de amor

Javier quería vivir por el centro de Coyoacán y yo me fui de espaldas, pues esa zona es muy, muy cara. El acuerdo era que entre los dos pagaríamos la renta, mitad él y mitad yo, así como todos los servicios (gas, luz, internet, etc.). De entrada ya andábamos del chongo porque le sugerí que buscáramos otro lugar, algo no tan fuera de nuestras manos. Pero Javier insistió en que sí podríamos pagar un depa en Coyo, al final acepté.

Como ya queríamos vivir juntos, alquilamos un departamento muy bonito, pero sin muebles, no teníamos sala, refrigerador, ni estufa, ni nada de nada. Entre los dos pagamos el depósito y la primera renta, después conseguí un crédito en una mueblería y ahí compramos todo lo que nos hacía falta, solo que ¡vaya error, NUNCA hablamos de cómo pagaríamos ese dinero. Malamente “supuse” que nos iríamos tal cual estaba nuestro pacto en dinero, mitad y mitad. Pero no fue así, los primeros tres meses yo pagué lo correspondiente sin pedirle nada a Javier, él no me decía nada y a mí me daba mucha pena decirle que qué onda con la lana ¿no?

Después de seis meses de vivir juntos llegó la bendita pandemia y ¡zaz! ambos a trabajar desde casa, nos recortaron parte de nuestro sueldo y yo vivía en el estrés total porque ya no me iba a alcanzar para la renta, para el pago de los muebles y los demás gastos.

i just want to go home

Hasta que llegó el día de hablar 

Al inicio el vernos diario era relativamente “bonito” pues trabajábamos en pijama y en nuestra cama, de repente poníamos alguna serie para tenerla de fondo. Con la pandemia aprendí a preparar comida en casa y me di cuenta de que eso era más barato que comprar comida en la calle o en alguna fondita. Javier no pensaba lo mismo, él prefería pedir alimentos (fruta, verduras cosas del súper) a domicilio lo cual me parecía buena idea para cuidarnos, pero Javi abusó de ello, en verdad, el gasto era un exceso.

Hasta que llegó el día en que le dije a Javier:

  • “Ya no puedo más Javier, desde hace meses estoy pagando el crédito de los muebles, no puedo con tantos gastos, sabía que vivir en este lugar al final resultaría caro y complicado”.

Debo confesar que fue muy difícil decirlo, pero al mismo tiempo fue lo más liberador que pude haber hecho. También me di cuenta de que Javier y yo teníamos diferentes conceptos de “ahorro”, pues para él ahorrar era pedir todo hecho, además ya no solo teníamos encima gastos de los servicios, pues agregamos unos cientos de pesos al pago de plataformas de streaming, y Javier no se daba cuenta que nuestros gastos mensuales rebasaban nuestro tan ajustado sueldo.

muebles moving furniture

Y bien dicen que lo que mal empieza, mal termina (bueno, no siempre)

Javier se disculpó por no haberme dado nada del pago del crédito de los muebles, que se le había olvidado (cómo se le puede barrer algo así, pensé) pero, en fin, me dijo que me ayudaría a pagar y que trataría de colaborar para comprar alimentos y preparar en casa nuestra comida: no funcionó.

El tema ahora era ¿quién haría de comer? Javier nunca podía, y yo lo poco que pude hacer por un tiempo fue porque tenía ratos libres. Regresamos al mismo enrolamiento. 

Pasó el tiempo y Javier seguía sin darme dinero del crédito, a veces yo tenía que pagar la luz porque él decía que no nos la cortarían, que luego la pagaba, hasta que un día la cortaron y ambos estábamos en un lío porque no podíamos trabajar. Pude darme cuenta de que al final Javier y yo no estábamos vibrando igual, que nuestra convivencia diaria había hecho que nos olvidáramos de cosas esenciales: hablar, comunicarnos para ponernos de acuerdo y más cuando había temas de dinero de por medio.

Comprendí que no estábamos en el mismo track, que el confinamiento sacó a relucir nuestro verdadero yo en cuanto al dinero, por un lado, yo dosificándolo y apretándolo lo más que podía y Javi con sus propias ideas y hábitos acerca del dinero.

Decidí entonces independizarme, hablé con Javier y le expresé todo lo que sentía. Al final él aceptó mis razones y ambos caímos en lo mismo: dejar las cosas más que claras siempre es lo mejor, que no podemos suponer todo el tiempo y que el compartir la vida con alguien es un acto de amor, pero también una gran responsabilidad.





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Historias
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